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 | Economía familiar y multiahorro. |
Para empezar, en todas las casas o familias de Ayuela, se
criaban y engordaban uno o más "gochos". Éste siempre estaba a punto para
finales del otoño, aunque mucha gente retrasaba su matanza con el fin de coger unos Kgs.
de más de aquel "asqueroso" pero suculento animal doméstico. El cerdo era prácticamente un miembro más de la familia durante
todo un año. Se le alimentaba con toda clase de desperdicios o simplemente con patatas
cocidas y salvado que solían abundar por aquí, y se le recluía en un cortín de
pequeñas dimensiones donde ponía en práctica sus tres grandes saberes : comer,
dormir y roncar.
Su matanza era toda una fiesta y un rito. La víspera ya no se le daba de comer
para que sus tripas estuvieran lo más vacías posible, y de paso que el animal se mease y
cagase lo menos posible durante el sacrificio en el tajo o tabla de la muerte. En la casa
se preparaban todos los elementos necesarios : cebollas, tomillo, orégano,
pimentón, cuchillos, pajas o helechos, barreños, tajo, el orujillo y la pasta, etc. En
un ritual repetido año tras año, el matarife, casi siempre los mismos por tradición, y
un grupo de 6 u 8 personas ponían fin a la vida del infortunado animal. Se recogía su
sangre para las morcillas ; buen matarife era considerado quien hacia salir del
cochino gran cantidad de sangre. A continuación se quemaban las cerdas y se raspaba toda
su piel con tejas, cuchillos o materiales cortantes. Pero la maestría estaba en no tajar
o cortar precisamente al marrano en esta operación de pulcra limpieza. Posteriormente se
descuartizaba o "estazaba". Nada se desperdiciaba. Enseguida se pasaba a hacer
las sabrosas morcillas, y aquella noche más de uno cenaba sopas de "calducho".
Una bonita y necesaria costumbre era llevar la "picatuesta" a los
familiares o vecinos que luego corresponderían de la misma manera.
Los pequeños también tenían su parte en la matanza. Tiraban del rabo,
servían las copichuelas, y estaban espectantes hasta que el estazador les daba la
"zambomba" (vejiga inflada y dejada a secar).
Con todo lo que se hacía en esos días de la matanza, se aseguraba un invierno
sin problemas culinarios. Los inviernos eran , a veces, excesivamente duros ; pero
jamás los de Ayuela los han tenido miedo, sabedores de que sus despensas estaban llenas y
sus leñeros particulares repletos.
Nadie necesitaba comprar carbón o madera combustible. Cada mes de Marzo de
cada año, antes de que el roble diera señales de despertar de su letargo invernal, se
repartían las "suertes de leña" , y todos los vecinos hacían acopio de la misma para
todo el año. A la leña de roble siempre se le sumaban "escepas", brezos, urces
o troncos de diversas procedencias. La cepa o el tronco, tapado con paja y algo de
cernada, hacía hervir el puchero ; encima de éste colocaban un recipiente con agua
para que no se quemase el anterior. Este método permitía al ama de casa ausentarse largo
tiempo para ayudar al marido en las tareas del campo.
En muchas ocasiones se hacía en el propio hogar el pan que se consumía. El horno, si no todos lo tenían , sí que
todos lo utilizaban alguna vez. La primera labor de triturar el grano y separar harina de
salvado, era realizada en cualquiera de los dos o tres molinos que siempre existieron en
Ayuela. La harina transportada en talegas y a lomos de borricos serviría para hacer el
pan. Este pan y su elaboración corría a cargo exclusivamente de la señora. Ella cernía
la harina, la amasaba en la artesa con la levadura, y esperaba su fermentación un tiempo.
Sólo ellas sabían los tiempos, las cantidades, los cuidados, la temperatura del agua o
del horno. Eran sabidurías transmitidas de madres a hijas.
El trabajo del ama de casa no solamente se ceñía a cocer el pan, a atender
las labores de la casa y a ayudar al marido en el campo. Otra ocupación de ella era hacer
el queso. El queso era un aporte valioso a la economía
doméstica y a la dieta culinaria del hombre de campo. No podía faltar nunca como
acompañante del chorizo y la cebolla.
En las casas, corrales o cobertizos siempre eran necesario hacer remiendos o
nuevas construcciones. Por ello las gentes de por aquí poseían adoberas públicas o
privadas. Casi todos los años, coger la "amecal" y realizar unos cientos de
adobes, constituía una labor extra más. Los adobes , eran un elemento
de construcción muy barato, sólido y siempre a mano para cualquier tipo de obra.
El río, los arroyos de Ayuela, siempre estaban aportando algún respiro a las
maltrechas economías. Incalculables son los dineros que proporcionó el río a través de
los cangrejos . Había para todo : para casa se
dejaban los pequeños (los escondidos en fardelillos diferentes), y los gordos se vendían
a traficantes que venían al pueblo a comprarlos baratos y buenos.
Que decir de la miel. Todo el mundo dedicaba sus
buenos ratos a mimar los enjambres para poder recoger, llegado el momento, los
correspondientes kilillos para el consumo o algo más. La apicultura, venida a menos, fue
un factor de la larga longevidad de nuestros antepasados. Se ha demostrado que la miel,
especialmente la de brezo, es abundante en proteínas, hidratos de carbono y sales
minerales, infalible para afecciones de gripes y supera en ventajas a todos los tipos de
azúcares.
No puedo olvidar mencionar los huertos
familiares. Al lado de la casa, los más afortunados, los demás en "Los Huertos de
los Olivos", o si no en otra parte. Cada huerto con su pozo, con su tapia o cerca,
con su celoso dueño, con sus frutas tentadoras y con, Dios sabe, cuántos secretos
guardados. Los huertos sobre todo eran un complemento necesario para la casa. Las frutas
de Ayuela tenían, creo recordar, dos grandes peculiaridades : o no se lograban por
las dichosas heladas ; o siempre las del vecino sabían mejor o maduraban antes que
las propias.
Además del cochino, del que ya hablé, no podemos olvidarnos de otros animales
que convivían a todas horas con nosotros. El perro, utilizado especialmente para el
ganado. Los gatos, siempre muy útiles y necesarios para limpiar la casa y dependencias de
ratas y ratones.
Las gallinas proporcionaban huevos para el consumo
y los excedentes para realizar el "trueque" con los comerciantes. Cuando ya no
ponían, siempre daban una buena olla de carne. Las encontrabas por todas partes : en
tu casa, en las callejuelas, en los huertos, en los corrales, etc. Siempre fueron motivo o
causa de incidentes entre niños y dueños/as. Quién no pueda contar varias aventurillas
con las gallinas como protagonistas, es porque no vivió en un pueblo como
"Aviola".
Conejos, patos, gansos, pavos y otros, eran también frecuentes entre nosotros.
Pero quizás, lo que más se valoraba y cuidaba eran las vacas y las ovejas . Las primeras necesarias e
imprescindibles para realizar el trabajo del campo y seguir para adelante. Llegaron a ser
muchas en Ayuela. Cada vecino cuidaba tener siempre, unas domadas para todo tipo de
faenas, y otras más jóvenes que sustituyeran a aquellas cuando fuese necesario. También
disponían de varias ovejas que proporcionaban otra fuente de ingresos. Algunos añadían
a lo ya dicho, cabras, y puede que algún burro o algún buey o mula.
(Teodoro Fontecha en su libro: "Ayuela de
Valdavia: Un recuerdo nostálgico". Valladolid, 1999)
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