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Padre: D. Daniel Fernández Gutiérrez
(11-12-1911 ...)

( Toda una vida de servicio y entrega )

 

Don Daniel nació el día 11 de Diciembre de 1911 en Ayuela de Valdavia. Era el mayor de tres hermanos ( Marino, Balbino y Daniel ) y perdió a su padre cuando sólo tenía ocho años. A los nueve, gracias a una de las becas fundadas por D. Dionisio González de Mendoza, Vicario General de S. Antonio Mª Claret, cuando era Arzobispo de Cuba, ingresó en la Preceptoría, dotada por el mismo Mecenas, del vecino pueblo de Barriosuso de Valdavia, que era regentada por un "dómine" y albergaba más de un centenar de aspirantes a seminaristas.

Después de cuatro años de latines y gracias a otra beca, fue al Seminario de León, donde hizo la carrera eclesiástica. A los 20 años, terminados ya los estudios de Teología, cumplió el servicio militar y tuvo ocasión de conocer el rostro real de los jóvenes españoles, sorprendiéndole no poco que sólo dos soldados, en toda la compañía, acudieran a la misa de los domingos. Regresó a su seminario y, a causa del espíritu inconformista, hubo de esperar cerca de tres años para ser ordenado sacerdote. En ese momento, 1936, comienza la historia que más marcará a nuestro protagonista.

Tuvo su primer destino como sacerdote en dos pequeños pueblos al Este de Potes, llamados Luriezo y Cahecho, pueblos carentes de electricidad, de caminos y de otras muchas cosas. Un pariente que acompañaba a D. Daniel, lamenta haber dejado el burro en el pueblo, con lo que pesa la maleta por aquellos repechos. Tanto apartamiento les rodea, que ahorraban los bienes de una antigua Obra Pía destinados a pagar un maestro, porque casi siempre estaba vacante el puesto. En su primera Semana Santa encandiló a todos sus feligreses que tuvieron que ahogar, por aquellos días, algún que otro suspiro.

Las múltiples y laboriosas faenas agrícolas de sus convecinos, los vientos agitados que comenzaban a soplar y la influencia de la República, hicieron que muchos ya no asistieran a la iglesia y que ya no pagasen la cuota que permitía subsistir al cura. D. Daniel arremetió alguna vez contra toda esa gente inculta, que acababa de ganar las elecciones.

Con la Guerra todo empeora. Los pocos que pagaban la cuota dejan de hacerlo, por miedo o por convicciones. Tiene que vivir de la caridad : " mientras haya comida en esta casa, a usted no le faltará " – le dice un día el patrón de la casa. En La Liébana, en La Hermida, en todo el Macizo de Los Picos de Europa comienzan a arder las iglesias. Algunos curas mueren, otros son hechos prisioneros. A pesar de sus sermones encendidos, belicosos e imprudentes, a pesar de que sonaban por toda la comarca, porque alguno fue pronunciado en Santo Toribio de Liébana, no se metieron con D. Daniel; quizás porque se había ganado a la juventud o quizás porque su talante abierto y espontáneo había ido ganando la voluntad de los vecinos. Algún vecino, no obstante, se la juraba cada día con comentarios como estos : " Este cura hay que liquidarle ", " ¡Qué uvas más buenas! – las de su parra – " pero éstas no las come el cura ". Tiene que abandonar la sotana por orden de la República; tiene vivir el saqueo constante de los símbolos religiosos; tiene que soportar la enérgica reacción anticlerical plasmada en actos impensables y atroces como el fusilamiento de imágenes o la transformación de los sagrarios en retretes.

Los milicianos llegan a ofrecerle, sin embargo, un puesto de maestro en Torrelavega, donde no le conozca nadie. " Soy y seré siempre sacerdote " – responde - y me quedaré con mis ovejas, aunque me muera de hambre. Corren malos tiempos, siguen llegando graves y malas noticias de los pueblos vecinos. Sin embargo, El Comité de Cabezón de Liébana continúa siendo transigente y sólo le ha ordenado que no huya. La situación se hace insostenible y poco más tarde organiza la huída a través de la Sierra, hacia Peña Labra (al otro lado, era ya territorio nacional ). La pesadilla de los milicianos, la angustia de las noches con la ventana abierta, la espera del tiro por la espalda al escapar y otros muchos desasosiegos terminaron en aquel instante que pudo decir ¡ Viva España ¡ en terreno ya Nacional.

Regresa en cuanto puede a ver a su madre enferma en Ayuela. La noticia de su llegada corre como la pólvora y el pueblo entero manifiesta su alegría al ver a quien creían ya muerto. Pocos días después tiene que incorporarse al ejército en Burgos. Conoce la muerte del hermano que está en el frente y poco después la de su madre. Ahora, ya nada retiene a D. Daniel para dar cumplimiento a las pasiones que empujan su vida. Va voluntario a un batallón de requetés que lucha en Guadarrama. Cae enfermo de fiebres palúdicas y se recuperará en Segovia. Pedirá sucesivamente destinos en primera línea ( Teruel, Extremadura, Andalucía, ... ), esforzándose por evitar que el odio tiñese el fervor militante del cruzado, ahora como oficial castrense.

La guerra termina. Los amigos animan al cura a continuar en el ejército. Ya es teniente y pronto será capitán, pero este cura dice no. Decide licenciarse y regresa a la querida tierra lebaniega, deseando convencerse de que ha sido un sueño de tres años lo que ha interrumpido aquella empresa que comenzó en la Primavera de 1936.

Reseñas tomadas de " EN BUSCA DE LOS NACIONALES " de Marcelino Flórez
( Catedrático de Hª - Salamanca 1986 ).

 

Después de un breve tiempo ejerciendo la tarea pastoral en Ledantes y en varios pueblecitos más de la provincia de Santander, es destinado a Valderrábano de Valdavia (Palencia) donde se dedica con ilusión y sacrificio a la atención espiritual de los feligreses de Polvorosa, Renedo, Mazuelas, Tabanera y Valderrábano, usando como medio de desplazamiento el caballo, después la bicicleta y en los últimos años de su permanencia en estos pueblos, " la vespa ". Cervera de Pisuerga supo de los desvelos de este inquieto sacerdote durante los 19 años que pasó de párroco en esta localidad, donde unió a su celo por las almas, el esfuerzo por embellecer el templo de Dios, emprendiendo la ardua tarea que lleva consigo la restauración de retablos e imágenes. Los habitantes de esta villa han sabido agradecerle todo el interés y toda la entrega con la dedicación de una de sus calles, que lleva su nombre.

Al jubilarse deja este hermoso pueblo palentino y se retira a la capital donde compagina una vida de más tranquilidad con la responsabilidad del Museo Diocesano, encargo hecho por el Sr. Obispo y que él acepta de buen grado, pues cuenta con un vasto conocimiento de la riqueza artística de la Diócesis. En estos años, igual que en el tiempo pasado en Cervera, dedica muchas horas a la investigación de la cultura palentina y a plasmar con su pluma, en incontables artículos, el resultado de sus muchos esfuerzos. En el libro "Ayuela, un recuerdo nostálgico" y en esta página web de su pueblo, recogemos algunos de sus artículos e investigaciones porque nos es cercano y querido, porque sabemos de su cariño hacia su pueblo natal, porque siempre que puede se acerca unos días a nosotros y porque las gentes de por aquí seguimos con entusiasmo sus sermones llenos de sabiduría, cercanía y practicidad.

En esta labor continúa hoy, a sus 90 años, y bien podríamos resumir su vida como una vida fecunda, llena de amor y entrega a la Iglesia y a su querida tierra palentina.

Teodoro Fontecha.

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