
... Según el nomenclator del I.N. de Estadística del año 1970, Ayuela era una de las villas de la provincia con una superficie de 19,6 km. cuadrados y 170 habitantes. Tiempo atrás era bastante más reducida esta superficie. No poseía el monte llamado "Bascarrión", de legua y media por un lado y de media legua por el otro. Por otra parte el señor de Mazuelas, que era también vizconde de Amaya, ciudad importante en la formación del condado de Castilla y residencia de obispos, extendía sus dominios hasta la riega que discurre por el pago de "Val-de-naya". En cambio la población actual se ha reducido mucho: 50 moradores. En tiempos cercanos rondaba los 300. Ha pagado un fuerte tributo a la emigración. El paisaje también ha variado. Han desaparecido aquellas extensas praderas, donde pastaban yeguas y mulas de la más fina estampa que hacían "corro" en el gran ferial de Mansilla de las Mulas, expuestas por nuestros feriantes y ganaderos. Potentes tractores clavan sus fuertes rejas en las mismas orillas de las casas. Más que un pueblo ganadero con 12 rebaños de ovejas y dos grandes cabañas de vacuno y caballar de tiempos no tan lejano, es un pueblo agrícola. En cambio, la vida religiosa popular, sigue polarizada,
como siempre en torno a las ermitas y el templo parroquial dedicado a San Esteban.
La de Rabanillo Al describir la Semana Santa
en Ayuela
Había también dos ermitas: una dedicada a S. Pedro, la otra a S. Juan. Los primeros datos escritos, se remontan al año 1584. la primera era el centro de peregrinación en las tardes de los domingos. Estaba situada a la orilla del camino que lleva ese nombre. Desapareció totalmente en el año 1791. La otra, S. Juan, se encontraba tan ruinosa que el Sr. Arcipreste, en su visita, exige al pueblo una pronta restauración. De no hacerse, sea derribada totalmente y en el lugar se coloque una cruz. Situada en el centro del pueblo, al contrario que el templo parroquial muy extramuros, fue fácil convencer al pueblo de la necesidad de su reedificación. Los párrocos de aquellos tiempos eran defensores a ultranza del templo parroquial, como centro exclusivo de todo acto cultural; por eso nada extraña que el visitador "mande" que en esta ermita no se diga misa a no ser en casos excepcionales. Pero estos criterios se fueron humanizando y abriendo; se mitigan los "mandatos", prevaleciendo, al fin, lo cómodo y práctico, por encima de otras ideas.
El templo parroquial. El primer documento escrito que tenemos sobre este templo, es del año 1585. Por cierto bastante preocupante. La pared de la capilla mayor, dice, se "encuentra arruinada". Desde esta fecha hasta nuestros días, los libros de fábrica nos van indicando cómo los párrocos, año tras año, van reedificando muros, bóvedas, encargando retablos, ampliando el templo y otras obras que indican el desvelo de los sacerdotes e ilusión de los fieles porque la casa de Dios y la suya esté a tono con sus creencias religiosas. Han sido frecuentes las apariciones de grietas con los naturales riesgos de hundimientos. Por dos veces hemos visto reconstruir la sacristía, algún muro, bóveda del altar mayor... La reciente y última restauración ¿habrá terminado para siempre con estos problemas? Todas estas obras, han sido costosas. Mas no se conformaron con la consolidación y reparación. Se hicieron otras, podríamos decir, "de lujo" en aquellas circunstancias. Traer muchos carros de piedra de Villaescusa o de las canteras de Valdebur (Dehesa de Montejo), canteros especializados en la labra de este material desde Transmiera o Penagos, en la actual Cantabria, para enlosar la nave central de la iglesia, hacer las gradas, levantar pilastras y tres arcos y la entrada principal; todo en piedra de calidad y bien labrada, supuso muchos miles de reales y la venta de muchos cuartos de trigo sacados de la panera de la iglesia. Además había que atender otras necesidades culturales, nacidas de la piedad de los fieles de aquella época. Entre otras, los "altares" o retablos. El actual altar mayor se trajo de Becerril de Campos. Aún perdura el recuerdo de los grandes imagineros y ensambladores que allí tenían sus talleres, cuya maestría sigue siendo admirada y alabada por los especialistas en nuestros días. Se terminó en el año 1712. Su coste, junto con el dorado, fue de 7.928 reales. Más otros 100, por el traslado. Hay otro retablo, no de gran valía; mas si muy unido a la vida piadosa del pueblo. El altar del Bendito Cristo venerado en la feligresía. Con este nombre ha existido durante muchos años, una cofradía que agrupaba a la mayor parte de los vecinos. Es una talla de cierto valor artístico de fines del s. XVI. El retablo, es posterior, tallado en León por Antonio Quijada, natural de Ayuela. Fue el mismo que talló el camarín del Santuario de Rabanillo. Las últimas obras realizadas han sido, entre otras, la
torre y una limpieza total de muros y bóvedas. El equipo de artesanos merece los mejores
elogios por la ilusión, delicadeza y desinterés que han puesto en la obra.
En Ayuela no ha habido casonas solariegas ni presuntuosos hidalgos que se conformaban con el Don. Todos han sido pequeños ganaderos-agricultores; muchos de ellos viviendo de prestado desde S. Miguel de mayo al de septiembre. La iglesia poseía bienes que ascendían a 32 cuartos se sembradera de trigo y 20 de centeno más unos carros de hierba. Y una frondosa olmeda en torno a la iglesia que le proporcionaba saneados ingresos. Autoridades y pueblo, unidos por un mismo ideal e ilusión, han hecho realidad, con esfuerzo y sacrificio, estas obras que hoy admiramos. (Daniel Fernández)
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