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A uno, niño de ciudad, siempre le costó entender a los otros chicos del pueblo. Había cierta rivalidad entre ambos. Quizás nosotros les parecíamos "redichos", "repipis", "engreídos...", quizás a nosotros nos parecían ellos "envidiosos", "brutos", "ignorantes". Aunque a veces hice buenas migas con algunos, la verdad es que me resultaba difícil integrarme en la pandilla del pueblo. Sin embargo, pasamos buenos ratos juntos: largas tardes y anocheceres jugando por todos los rincones del pueblo, exploraciones por las callejas, prados y huertas de alrededor, aventuras de mil clases... Durante los veranos que pasé en la vieja casa de mi madre, de
adobes centenarios y vigas carcomidas, me vi expuesto a toda clase de experiencias
interesantes e incluso peligrosas. Estuve a punto de perder la vida, al menos en un par de
ocasiones. Una cuando caí de lo alto de un árbol en el fresnedo (tuve la suerte de ser
recibido blandamente por el río Avión) y otra cuando aprendí a abrir cerrojos con la
ayuda de una navajilla y penetré en casa de mi tío Felicísimo a la que registré de
arriba a abajo. Mi acompañante me retó a comer una enorme pastilla que encontramos
(usada para curar cierta enfermedad de las vacas) y fui pillado "in fraganti"
por mis tíos en el momento que empuñaba el vaso de agua con que pretendía hacer bajar la
pastillita. Mi hermano Luis, tuvo peor suerte y recibió el ataque de un avispero después
de que uno de los chicos del pueblo que nos acompañaba por la huerta de mi madre metiera
un palo en el mismo. Le salvó la vida la rápida intervención de mi madre (luego las
avispas se cebaron en ella) que le llevó a una cercana fuente que manaba en la huerta y
le sumergió la cabeza en sus aguas. Y ahora contemplo como este pueblo, de recuerdo entrañable, se transforma; como se reducen sus habitantes, como pierde parte de su identidad... Por eso, quiero desde estas páginas, recuperar parte de su historia, sus costumbres, sus formas de vida. Contaba, en principio con las aportaciones de mis padres (nacidos y criados en el pueblo hasta que se casaron y tuvieron que emigrar a Carrión y Burgos), familiares (tíos, primas, hermanos...) y otras gentes de Ayuela que habían escrito artículos o guardado papeles de interés. En abril de 2001, recibí carta de Teodoro Fontecha en la que ofrecía la publicación de materiales de su libro: "Ayuela de Valdavia. un recuerdo nostálgico". Su aportación es fundamental y la documentación exhaustiva. Gracias en nombre de todos los ayuelenses. Y sigo contando con la ayuda de todas las personas de Ayuela que quieran colaborar. Posiblemente, ahora mismo, no haya en Ayuela un sólo ordenador y la página no pueda verse desde allí, pero todo se andará. Además, la página está hecha también para todos los que no tuvieron el privilegio de haber vivido en un pueblo así, para que sepan lo que se han perdido (aún tiene remedio). Un saludo. Jesús Marcial Grande Gutiérrez. Guadalajara. 1 de mayo de 2001. |